viernes, 5 de enero de 2007

Capítulo V


V

Mucho tiempo después traté de pensar que las cosas siempre tienen un sentido, que las casualidades no existen y que me puedo sentar en cualquier bar, solo, y contemplar con indiferencia la cerveza helada que cubre mis labios con espuma y que también sabe amarga.

A través de la ventana veo gente que camina y sé que para ellos no hay historias. Para mi tampoco, pero al menos trato de darme cuenta.

En otra época el desierto de saberme alejado de todo me parecía placentero. No solo placentero sino simplemente necesario. Ahora, sigo estando solo la mayor parte del tiempo, pero a ratos dudo que exista una manera real de saberse.

El tiempo que avanza no retrocede, es una lástima porque a veces me gustaría poder sentir de nuevo como cuando era un niño porfiado y me dejaba arrastrar de las manos por cuanto bicho sucio se cruzara frente a mis ojos. “Soñar es como vivir, pero no cansa”. Se lo escuché una vez a una mina super loca con la que pasé dos días en el Valle. Eran otras épocas, claro, uno estaba tan engrupido que hasta las huevas más idiotas nos parecían choras, que se yo, necesitábamos sentir que había cosas profundas, importantes.

Ahora, ahora también me hacen falta, pero casi todo me parece exagerado. Creo que ese es el punto más frío de lo que podríamos llamar el drama de identidad de mi generación. Le tenemos terror al ridículo, no nos atrevemos a pensar o a proponer nada que se despegue mucho de los parámetros, porque de alguna manera tenemos conciencia de que esas cosas están desprestigiadas. Hoy, lo más existencial que nos permitimos, es el análisis crítico de nuestro tiempo, pero pobre del que tenga una idea para aportar. Las ideas tienen que salir espontaneas, las tuyas, por muy buenas que sean, sirven solo para ti y el mero hecho de tratar de compartirlas las vuelve absurdas, las convierte en un panfletito imbécil del que cualquier ser pensante sólo se ríe.

Nuestros viejos, conservadores, retrogrados de todas las especies, marxistas o ultracatólicos, nos heredaron una sociedad de la gran mierda. Hablaron tanto que le quitaron sentido a las palabras. Llenaron de tantos letreros las murallas que nuestra rebeldía fue volverlas a pintar de blanco. Pero lo pasaron mejor, de eso estoy seguro.

Escuché una vez en un bar una frase que me quedó dando vueltas. Nuestros padres son hombres de su época, cosa de la que nosotros no estamos ni cerca. Nosotros somos renacuajos en una piscina desinfectada y aunque sabemos que los líquenes y las algas hacen falta, igual nos repulsan, igual preferimos quedarnos aquí, en territorio estéril (en ambas acepciones, claro).

En la cola del cine no hay nadie. O sea, en realidad no hay cola del cine sino simplemente boletería. Esa es una diferencia conceptual profunda. Si digo me la encontré en la fila del cine, estaría dando la idea de que había más gente tratando de ver la película, pero no, estaba yo solo y de pronto apareció ella y se paro junto a mi o en realidad detrás de mi. No dijo una palabra hasta que yo, después de haber pagado la entrada y tomado mi boleto con silla numerada envuelta en un rollito me di vuelta y la vi.

Hay personas que no saben ser las mismas. Creo que eso pasa con Ana. Desde el principio me pareció que anda como perdida, como buscándose a tientas y tratando de encontrar una voz que le resulte familiar, una voz para ella misma, en la que se pueda reconocer. De eso yo si sé, soy el perdido eterno, el que se apaga y se enciende de acuerdo a la hora del día, el que se esfuma de sí, para encontrarse en algún otro, en algún objeto, en las lágrimas un poco ridículas de películas viejas.

El tipo, muy serio, empuja a la mujer hacia el avión. No, yo no voy, vete. Su gesto enfático, agresivo, es la mayor muestra de ternura y compasión de la que es capaz y ella lo sabe. Lo mira, comprende y corre hacia la maquina con los motores prendidos. En el aeropuerto desierto llueve a cántaros y la mujer avanza bajo esa lluvia que la libera y también la destruye. A su lado, el “marido - héroe” también conoce la profundidad de ese gesto y no sonríe.

A lo lejos se divisa al Hombre de impermeable. Conversa con el Inspector de Policia que también comprende, saca del bolsillo un arma y dispara. Entre la lluvia se ve caer a un tercer personaje. Él no había comprendido.

¿Dónde te sentaste?

Ana me sorprende en mitad de este rollo absurdo. Sabía que estaba a mi lado y más que eso, era tan importante que ella estuviera a mi lado comprando boletos para ver una película el Domingo a las 4 de la tarde. Pero me había ido igual, me había perdido hasta de ella.

Hola, como estás, perdona. Estaba en la luna. Ana me mira y sonríe.

Bien, super bien, un poquito cansada, pero venir al cine me relaja. Además a esta hora nunca hay nadie.

Ana paga la entrada y pide un asiento a mi lado.

¿No te molesta que me siente contigo no? Sería medio raro que nos sentáramos los dos en extremos distintos de un cine vacío.

A Ana le da risa su idea. Levanta la cabeza para hacerse la imagen mental de la escena y hace un gesto con la mano como de estar saludándome desde muy lejos, anticipando lo que seríamos ella y yo separados por metros y metros de butacas rojas de cuero, en mitad de un cine viejo y vacío. Ana hace movimientos de mimo que le salen maravillosamente bien. Yo también me río y le ofrezco una coca cola.

Gracias, pero prefiero tomar agua, el azúcar me pone mal, no se porqué pero me pasa desde chica.

Ana dice la palabra chica y yo me conmuevo al pensar en la niña que habrá sido alguna vez. Pero no me resulta, me cuesta imaginarla niña y... y también me cuesta imaginarla vieja o de cualquier manera que no sea la Ana presente frente a mis ojos.

Recordar a Ana, mi historia con Ana, siempre es confuso. Siento que nadie me cree cuando lo trato de explicar. Eran casi las seis cuando terminó la película y ya hacía mucho frío afuera, la abracé porque quería abrigarla y ella recibió mi abrazo porque hacia frío. El resto podría ahórramelo, pero nadie me deja. Como explicar que todo lo demás fue una pura continuación de ese abrazo de entumidos.

Ella caminó hasta al auto pegada a mi cuerpo y recordó que el día siguiente era feriado. “San Pedro y San Pablo”, ¡parece una ironía!

Las seis y diez. Si nos apuramos podemos llegar a la playa antes de las ocho y tomar té allá.

Como explicar que paré en la bomba y llené el estanque y la vi sonreír y bajarse del auto y comprar cigarrillos y un café y chocolate amargo en barra y que se volvió a subir mientras alguien revisaba el agua y el aceite y me vendía medio litro de X.98 Super óptima o alguna tontera así y que ella al subir de nuevo al auto me volvió a sonreír con tanta paz, que durante todo ese tiempo jamás pensé que hubiera algo malo en irme un Domingo a la playa con ella.

Como tratar de explicar que en la Isla Negra hacía menos frío que en Santiago y que por eso abrazarla fue un acto más gratuito, pero ella tenía frío y se pegaba a mi cuerpo con tantas preguntas que yo me veía obligado a sacar calor desde todas partes para compartirlo con esa piel delgada y blanca que se iba deshaciendo en mis brazos.

El aire está lleno de aroma a eucaliptos, un olor viejo, añoso y espeso que se invade con los demás olores que nos rodean.

Somos tan jóvenes que ya estamos viejos. No fuimos capaces de encontrar un ángulo exacto para descansar la espalda y nos cagamos solitos. Nos quedamos en la parte más profunda de la hipotenusa recta, y en esas latitudes hay muy poco espacio para apoyar la cabeza y recordar que no es cierto.

A veces me puedo quedar por horas tratando de comprender que pasa por la cabeza de los adolescentes y te juro que creo que están menos jodidos. Ellos tampoco tienen ilusiones, pero así nacieron, así se criaron. Los cabritos que hoy tienen 16 tenían 3 pal plebiscito, en resumen, no existían, por lo que no tienen memoria de esa época o menos aún de lo que había antes.

Esos adolescentes no tuvieron la oportunidad de creerse (creerse con los pelos de punta y un nudo en la garganta) que la alegría venía y caer de pronto en que todo era una mierda.

Ana me mira mientras le hablo y a veces sonríe y me interrumpe con alguna pregunta fácil. Sus dudas siempre son de contexto, sólo para poder ir armando su rompecabezas con todas las piezas y darse una opinión. Me pregunta, por ejemplo, tu que edad tenías el 88, y yo simplemente le respondo, 17, y ella vuelve a mirarme y yo sigo monologando.

En mi bolsillo está como siempre la llave de la casa de mis viejos en la Isla y camino con Ana hasta el auto que dejé en la entrada de la playa y le abro la puerta. Ella se sube sin preguntas, mientras yo sigo hablando y hablando, como si alguien hubiera perdido la llave que cierra mis labios.

El camino hacia mi casa es casi alegre. La noche se ha cerrado completamente y tomo la mano de Ana para que no se tropiece en la entrada de piedra. Siento su palma fría y la voy guiando hasta la casa con cuidado. Abro la puerta y el olor a humedad me asalta como un gato, pero eso no importa. Abro las persianas metálicas mientras Ana saca los chocolates y comienza a comérselos. Me había olvidado de que no hemos comido nada desde hace horas y comienzo a revolver la cocina para encontrar unos tallarines y un tarro de crema.

Yo cocino y tu prendes la chimenea, dice Ana avanzando despacio hacia la cocina.

Su cuerpo se mueve sin esfuerzo, estoy seguro que la gravedad decidió pasar de largo por su ser físico y sólo se concentra en su pelo lacio para hacerlo caer sobre sus hombros.

La leña cruje y espolvorea humo mezclado con el vapor de la humedad. Ana pone los platos en la mesa de centro de la sala, ubica cubiertos y servilletas y copas con dedos rápidos. La miro hacerlo y me confunde lo que hacemos juntos en esta casa a las 10 de la noche, sin que haya habido ningún plan, sin que a ninguno de le hubiera jamás ocurrido proponerlo. Pero en sus ojos lo último que veo es culpa, y por lo tanto intento sintonizar con eso y relajarme.

Los tallarines están riquísimos. Tomo la copa de vino y ambos brindamos sonriendo. Es una suerte que mi viejo tenga tan buen gusto para los vinos. En esta casa jamás me encontraría con uno malo, es como una certeza, los vinos de mi papá siempre son buenos. Además siempre hay, y ese es un útil milagro adicional, uno que se genera espontaneo, aunque como ahora, yo sepa que ellos no vienen hace meses.

Por la ventana de esta casa se alcanza a ver una esquina de la otra, de la casa de la Isla, la única que importa porque es como un resabio, como un hito. Hasta aquí llegan cada fin de semana caravanas de turistas. Alemanes, Ingleses, Gringos y hasta chilenos que con sus cámaras fotográficas se mueven como con credencial de turista, mirando todo varios veces y haciendo preguntas a los guías que sin embargo los miran de vuelta sin comprender que ha llevado a algunos de ellos a instalarse en la casa de Pablo.

Siento a Ana en el sofá y le muestro desde lejos la casa y ella sonríe. Este país es también un poco como esa casa, le digo, una colección de cuanto cachivache se cruza en el camino, una mezcla informe de estilos y de objetos, pero claro, en la casa de Neruda todo lo que hay tiene sentido, simplemente porque él lo fue ubicando con su propio gusto, y querámoslo o no, es difícil discutir el gusto de algunos seres que por otras razones han terminado por escaparse de las posibilidades críticas.

El pasado me obsesiona, me es tan difícil tratar de responder desde mi boca, cuando las preguntas de hoy son las mismas de antes y nosotros sabemos perfectamente que somos peores, tanto peores en nuestro verbo, que esos que tampoco respondieron ayer.

Es una cuestión de semántica, casi de simple formalidad verbal o a- formalidad verbal. Por ejemplo, yo te pregunto a ti Ana, quién eres y tu tal vez me respondas de acuerdo a tu ser individual “ Me llamo Ana... ” o quizá lo hagas desde tu ser social “fui llamada Ana”, y la diferencia es tan grande que todo se me pierde entre esas dos frases.

Ana me observa despacio y luego hace dos gestos con las manos. Primero, recorre su cara con la palma extendida y luego dibuja su nombre letra a letra. Recuerdo esos gestos, los aprendí alguna vez en un lejanísimo trabajo solidario. Es lenguaje de sordo mudos.

“ Soy Ana”.

La miro y me sonríe y vuelve a dibujar su nombre con las manos y luego dice, en silencio, “tú eres Pedro”.

La chimenea se ha ido apagando, mientras mi boca ya más cansada ha ido declinando sus casi monólogos y Ana sigue ahí, despierta, lúcida, aprendiendo de mis manías y enseñándome, sin palabras, parte de las suyas. Esta Ana sabe que no la quiero y eso es un placer. No necesito fingir nada, nuestras manos que se encuentran no se hacen promesas complicadas y sólo se dejan guiar por lo que sienten, aunque eso no sea mucho.

Es tan raro tratar de recordar por qué nos fuimos ese Domingo juntos a la playa. Por qué, si no nos queríamos, si no era necesario, dormimos juntos e hicimos el amor y fue lindo, y tranquilo y ninguno trató de entender.

Ahora me complica, claro, pero eso es porque hay partes de mi menos libres, o más, ¿quien sabe?

Veo a Ana dormida, apoyada en la almohada, a mi lado, y no amarla me hace tan bien. Que no me ame, me hace tan bien.

jueves, 4 de enero de 2007

Capítulo IV


IV

Después de dar la vuelta por Almirante Barroso, hacia Huérfanos, te la encuentras de golpe. Una mole gótica, decrépita, repleta de grietas que parecen herirla. A Pedro siempre le ha parecido rara la sensación que le provoca cruzarse con esa iglesia, no sabe por qué se la topa en los momentos más extraños, sin buscarla, y cada vez se sorprende. Viene, por ejemplo, caminando por la Alameda después de haberse bajado del metro en Los Héroes y da la vuelta por Almirante Barroso, (como también podría haber sido otra calle, antes o después,) va camino a alguna imprenta mugrosa y ahí está, cayéndose a pedazos, sostenida por andamios olvidados en un intento de reparación que nunca terminó. Afuera de las puertas, montones de mendigos tirados le extienden manos sucias y sin prisa, unas manos que parecen saludarlo sin casi esperanzas de recibir alguna limosna. El gesto de los mendigos le parece demasiado mecánico, un gesto aprendido que le hace pensar desde cuando estarían haciendo lo mismo, cuantos de estos mendigos de hoy son los mismos de hace una semana, cuantos de ellos extenderán las mismas manos la próxima vez.

Hoy, sin embargo, es distinto. Tal vez porque es de noche o porque toma Almirante Barroso por una calle más al norte de la Alameda, que resulta ser Agustinas y por lo tanto no reconoce el camino sino en el instante en el que frente a sus ojos se encuentra la Iglesia.

Ahí está la entrada sur, con sus baldosas amarillas que dibujan formas geométricas. Por este lado del edificio no hay mendigos y el único ser vivo es un cuidador de autos de barba larga, que recita una jerigonza indescifrable. Mezcla de alcohol y locura piensa.

A Pedro le parece un poco mal sano lo que está haciendo. En el bolsillo del pantalón lleva arrugada una dirección. Cada cierto rato la toca para confirmar que ahí está y vuelve a preguntarse que cresta hace a esa hora, un día viernes, caminando de bajada por Almirante Barroso.

Son unas pendejas chicas, se repite. Además esta mierda de iglesia es insoportable. Mientras camina, se detiene a un costado del templo y contempla la imagen de un Cristo crucificado que llora sangre. Alrededor, montones de velas gastadas y flores marchitas acompañan esta escena decadente. En las paredes del nicho se leen placas amarillentas y raídas. “GRACIAS SEÑOR POR FAVOR CONCEDIDO”, “GRACIAS JESUCRISTO POR SANAR A MI ABUELITA”. Pedro siente la tentación de reírse, pero se arrepiente. La vista de la figura le devuelve el reflejo de un ser adolorido, entregado, repleto de llagas.

- Es el rostro del Dios el que me perturba, piensa Pedro -. - El sufrimiento no parece importarle. Al contrario, sus labios se dibujan como si sonriera, como si las laceraciones que cruzan cada rincón de su cuerpo le dieran más fuerzas -.

A Pedro siempre lo ha complicado el tema de “Cristo - Dios”. Al Cristo hombre lo acepta casi con gusto, aún a un “Cristo - hombre” mensajero de Dios, o “hijo predilecto de Dios”, pero le gustaría verlo más parecido a los demás hijos del padre. ¿No se supone que todos somos hijos de Dios?, ¿Que somos todos seres creados?. Pedro siente que le hace falta reconocer en ese “ser” una relación de transición entre el creador y sus demás creaturas, pero la idea de que Cristo y Dios Padre sean desde el principio una sola y única realidad es algo que lo confunde. - “Dios es Uno y Trino” - repite, recordando los días de catequesis.

- El misterio de la Santísima Trinidad es la prueba más grande del amor de Dios hacia los hombres. La manifestación del Dios Uno en tres seres, de los cuales el hijo se hace hombre para que también el Padre y el Espíritu sufran el dolor, la humillación, las torturas, el desprecio. El sumo sacrificio, para la redención de los pecados...

Pedro contempla el rostro delicado de ese ser, su imagen esculpida por algún escultor mediocre y nada calza.

El hombre vuelve a tocar en el bolsillo el papel húmedo y arrugado. -¿Que hora será? - mira el reloj y se da cuenta de que son las doce de la noche.

- Puta, vengo atrasadísmo. Estas minas dijeron a las diez y media pero, bueno, en realidad estuve a punto de no venir y además Esteban ya debe estar allá. Espero que este otro no haya decido arrugar porque ahí si que las vería negras. ¿Que edad dijeron? 18 una y 19 la otra, es decir, calculemos entre 15 y 16. Bueno, al menos estas serán menos jodidas que las más grandes, ¡Espero! -

Pedro vuelve a mirar el reloj por pura inercia y apura el paso. Detrás de él se va alejando la iglesia, Cristo y sus mendigos.

Debería haber venido en auto, no era tan cerca esta tontera. Puta si no está Esteban voy a sonar como guatapique. Al llegar a una esquina el hombre comienza a mirar la numeración hasta que se para frente a un condominio de estos que han ido plagando el Centro de Santiago. Mira el papel. 1356, casa... D. Aquí es la cosa. En la puerta hay un panel gigantesco con miles y miles de letras y números. Después de un rato largo encuentra el botón indicado y lo toca rápido. A los segundos una voz infantil le contesta. ¡¿Quien es?! La voz le suena lejanamente conocida y no es capaz de recordar a cual de las dos adolescentes pertenece. El de acá es Pedro Ovalle. ¿Usted quien es?

“Hay tonto, la Cony, ¿quien va a ser?”. La voz de la chiquilla le parece insoportable, aguda, destemplada. Pedro se siente sin ánimos para esta cacería y está a punto de decir, número equivocado... try again baby... pero en ese momento aparece la voz de Esteban. Puta compadre, la horita, trajiste algo de tomar al menos. Pedro se toca el bolsillo del abrigo y recuerda que sacó una botella de Gin del bar. “Me extraña compadre, ¿cuando le he fallado?” Suena el portón y Pedro comienza a peregrinar por los edificios y las casas hasta que encuentra la letra correcta. Algo en él lo lleva a despejarse de todos los rollos que le habían atormentado los últimos minutos y se dispone a fingir calma.

En la puerta está Cony sonriente y saludando con la mano. Tiene puesta una minifalda cortísima y medias negras. El pelo corto y una blusa de algún material raro, una especie de polera de terciopelo o algo así. Pedro se da un tiempo para mirarla. Tiene buenas piernas y una cara lindísima, aunque para arriba las planicies son casi totales. A esta mina le falta cambiar todavía algunos dientes de leche, piensa mientras avanza con una sonrisa forzada.

La adolescente saluda a Pedro con un beso en la cara y mientras lo hace pasar trata de abrazarlo. Mis viejos vuelven en una semana así que tenemos que aprovechar la casa, ¿no crees? Pasa, pasa, ¡Por aquí! El Esteban y la Coca están en el living. Pedro mira hacia la sala y ve a su amigo revolcándose en un sofá con la otra niña. Puta, parece que la cosa viene en serio piensa Pedro.

Oye siiii, imagínate este par de rotos me han dejado solita toda la noche. Cony tiene una voz aguda que rechina en los dientes de Pedro. ¿Cómo mierda hacerla callar? Piensa el hombre mientras camina hacia el sofá.

Pedro mira a Esteban que está inspeccionando muy concentrado las piernas de su pareja y le tira un paquete de cigarrillo por la cabeza. El amigo se saca de encima a la mujer y se para. Puta compadre, que bueno que te acordaste, ninguna de estas dos pendejas fuma así que estaba cortando las huinchas por un pucho. Las dos hacen gestos de molestia falsa por haber sido tratadas de pendejas, pero como ninguno les hace caso optan por reírse. Esteban agarra el paquete de cigarillos y lo abre con compulsión. Que bueno que llegaste, la Cony ya te quería empezar a llamar, ¿no cierto?, se estaba aburriendo la pobre. Cony mira a Pedro con un poco de vergüenza y después a Esteban. ¿Que trajiste de tomar? Un ginsito para matar las penas contesta el hombre. ¿Tienen Ginger Ale?. Cony corre a la cocina y trae una botella de dos litros de agua tónica. Esto es mejor ¿no?

Demás, dice Pedro. Abre el envase que le dio Cony, tratando de que la espuma no se rebalse. Luego saca del bolsillo una botella casi llena de Tanqueray.

Esteban a vuelto a sentarse con su compañera en el sofá. La niña se ríe a gritos mientras Esteban le dice quien sabe que guarrada al oído. A los poco minutos levanta la cabeza unos centímetros y estira el brazo. Pedrito, tirate dos con hielo pa’ este lado. Corren dos, dice Pedro, mientras luce sus dotes de ex barman preparando los tragos y chorreando de líquidos la mesa de comedor redonda y cubierta por un mantel de plástico lavable. Oye, ¿a mi no me vas a servir? Se queja Cony mientras se le pega al cuerpo. No serás un poco chica, contesta Pedro. A ver, la verdad, que edad tienes. 18 ya te dije el sábado. No te creo nada. Pedro se sienta en un sillón al otro extremo de la sala y revuelve su trago con el dedo. Cony hace un gesto de enojo pero Pedro no se da cuenta y comienza a sorber despacio el brebaje recién preparado. La niña, humillada, avanza casi corriendo hacia el interior de la casa. Pedro alcanza a oír un portazo. Quedó fuertón este trago, piensa mientras prende un cigarro. ¿Y a esta otra que la habrá pasado? Puta en los enredos que me mete Esteban, que cresta hago en esta casa tratando mal a una pendeja de colegio. ¡Esteban no es capaz de dejar pasar una! ¿Y a esta otra mina, que mierda le habrá pasado?

El hombre se para con el vaso en una mano y el cigarrillo en la otra y camina por el pasillo por el que vio desaparecer a Cony. La puerta está abierta y sobre la cama está la niña. Pedro se queda un rato observándola. Está llorando abrazada a la almohada y a ratos puede escucharse su hipar trémulo, como cansado.

Los ojos del hombre se quedan clavados en las piernas de la chica. Son perfectas y rematan en un traste hecho a mano. Pedro tiene ganas de tocarla, se muere de ganas de tocarla. No hay caso, aunque trate de evitarlo termino siempre por caer en estas idioteces, piensa. La niña de pronto percibe su presencia, da vuelta la cabeza y se queda mirándolo como a un fantasma. Pedro entra a la habitación y se sienta en la cama. El ambiente es una mezcla insoportable. El cubrecamas rosado y con florcitas, en juego con las cortinas del mismo color, con unos bordes blancos llenos de adornos. En las murallas un poster de la Allanis Morriset que dice “Ironic” y expandido en el aire un olor a incienso barato que asquea a Pedro.

Las manos del hombre están llenas con vaso y pucho. Apura el trago de un sorbo y lo deja en el suelo. Después busca un cenicero en alguna parte y al no encontrarlo lo tira hacia la ventana entreabierta. Da justo en el blanco y se sonríe. ¡Que solitarias son estas proezas idiotas!

Cony mira a Pedro como un gato al que acaban de retar. La niña no tiene idea de las trivialidades en las que piensa el hombre. Pedro se da cuenta de que necesita hacer algo para recuperar a la chiquilla y estira la mano para hacerle cariño en la cabeza, lo hace como un rito, esperando el clásico manotón, pero éste no llega, por el contrario, (la niña que a estas alturas se ha transformado completamente en gato), se acomoda ronroneante para recibir las caricias en el pelo.

Pedro no sabe por qué cresta hace esto. Por qué, si no le interesa, se esfuerza en recobrar la confianza de la chiquilla. Pero igual la mira y comienza a jugar con las hebras de ese pelo corto, descubriendo las formas de la cabeza, relatando con sus dedos el camino hacia su cuello y orejas. La niña se da vuelta para quedar totalmente de espalda, de frente a su pareja. A pesar de tener los ojos cerrados, Pedro cree seguir sintiendo la mirada anhelante de Cony pegada a su cuerpo. Los dedos del hombre deambulan por el rostro de la chiquilla saboreando la tersura de su piel. Es perfecta, piensa, mientras dibuja sus contornos con el dedo índice. Las manos poco a poco van encontrando terrenos más tibios. Primero los pechos cónicos y diminutos y luego el borde de las caderas estrechas y puntiagudas. La niña continúa dando pequeños suspiros entrecortados y Pedro se pregunta si la niña habrá estado antes con otro hombre.

Pedro se ha ido acomodando en esa cama de plaza y media. La ha obligado a moverse un poco, para dejarle espacio, y a cambiar de posición hasta quedar de medio lado, frente a sus ojos. El hombre se apoya en un codo y con la mano libre continúa delineando despacio el cuerpo de la niña. Cony se aprieta contra el otro cuerpo y a los pocos segundo Pedro se encuentra con sus labios tibios y aún salados. La boca ardiente después del llanto sabe a mar... agua de mar repleta de sal y de matices. La niña lo besa con calma, dándose tiempo para sentir el roce suave de las lenguas y con las manos comienza a presionar el pecho de su pareja. Pedro ha cambiado de posición. Sus dos brazos están perdidos en ese cuerpo. Con uno, atrapa la cabeza y la sostiene, inclinándola. Con el otro acaricia la cadera de la niña y baja con discreción hacia el final de la falda. Cony pone una de sus piernas sobre la de Pedro, y el hombre toma con cuidado esa extremidad dejada ahí, como al azar, y la ubica más arriba mientras la falda de la niña se levanta hasta dejar a la vista unos portaligas que lo conmueven. Ninguna de las mujeres con las que Pedro ha estado ocupa este adminículo casi desaparecido y encontrarlo en este ser tan indefenso lo llena de una especie de emoción que lo va embriagando de a poco. Su mano ya está perdida sobre la pierna. Con cuidado va subiendo aún más la falda para encontrarse con el borde del elástico de unos calzones diminutos. La muchacha ronronea al compás de las caricias. Pedro no alcanza a entender la perfecta redondez de las nalgas de su compañera. Las recorre con una palma incrédula y absorta. La piel es suave y el calzón tan pequeño que apenas cubre la parte superior. La mujer ha comenzado a mover lentamente las caderas, mientras sus besos van cobrando un ritmo nuevo, un ritmo de urgencia que Pedro puede oler en medio del incienso pegajoso.

De Pronto la niña se detiene. Pedro piensa lo peor. Se va a arrepentir y por la cresta que me tiene loco, piensa mientras intenta poner su mejor cara de comprensión para lo que venga. ¿Cerraste la puerta con llave? La pregunta toma a Pedro de sorpresa. No... La niña se para despacio, y besa a Pedro con ternura mientras le acaricia la cabeza y el pecho. Camina hacia la puerta y asoma la cabeza. Desde esa posición se puede ver la mitad del sofá en el que están Esteban y la amiga. Cony alcanza a divisar las caderas desnudas de la otra adolescente y desde lejos se escuchan gemidos entrecortados. Cuando vuelve a entrar, Cony cierra la puerta con llave y sonríe un poco avergonzada. ¿Quieres que apague esa lámpara? La habitación está tenuemente iluminada por una lampara de genero llena de bordados de colores amarillentos. Pedro piensa que es la luz perfecta. Así puede percibir cada rasgo de la joven sin que la luminosidad agreda sus ojos. Así está perfecto linda. El hombre dice las palabras con dulzura, de verdad ese cuerpo y esa cara le parecen sublimes y tiene ganas de respetar algo, de sentar a la chiquilla en las rodillas y sólo hacerle cariño, pero sabe que no lo hará, que esas piernas y esas nalgas dibujadas están grabadas en sus manos y que las quiere volver a sentir.

Cony se para justo frente a los ojos que la observan y comienza a quitarse la ropa como en una danza. Primero los zapatos. Después la blusa, debajo de la cual un pequeñísimo sostén blanco cubre unos pechos inmaduros, desolados. La niña parece saber que esa parte de su cuerpo no es demasiado atractiva, pero no es capaz de imaginar que en ese momento para Pedro toda ella es perfecta. Baja con cuidado el cierre de la falda que cruza un costado, y la deja caer hasta los pies. Pedro quisiera quedarse así por mucho rato, disfrutando de ese paisaje pero sabe que necesita poner algo de su parte y sin mirar, se quita la camisa y los zapatos y el cinturón y los pantalones. El acto de desvestirse es sumamente complejo, piensa Pedro, si uno se apura demasiado, o lo hace con torpeza, el secreto de la desnudez pierde encanto, se tiñe de la torpeza de las manos.

La niña se quita finalmente el sostén, y aparecen dos protuberancias mínimas que contrastan con unos pezones maduros y turgentes que se han empinado como una ofrenda. Ella se acerca al cuerpo del hombre y se arrodilla al lado de la cama. Sus manos van recorriendo la piel del amante y sus uñas largas lo rasguñan un poco. Pedro se mueve lo más que puede he invita a la muchachita con un gesto. ¿Tienes frío? Al contrario responde ella entre risas y se sonroja. Los cuerpos casi desnudos están juntos. Pedro sigue incrédulo de la suavidad de la piel. Es como estar acariciando una manzana recién cortada del arbol, piensa, mientras sus manos se pierden entre los pliegues de la chica.

El hombre sabe que terminará entrando en ese cuerpo. Puede escuchar el corazón de la chiquilla descompasado y ya sin alternativas de dar pie atrás. Trata de hacer todo lo más despacio posible para no asustarla, pero es ella la que parece necesitar que las cosas se precipiten. Es ella la que pone cuotas de agresividad en las caricias, la que rasguña y muerde la piel del hombre que intenta distanciarla un poco para disfrutarla un poco más. La chica se incorpora y con las dos manos baja los calzoncillos del hombre. Los retira como si se tratara de un regalo de cumpleaños, apurada, ansiosa. Al segundo aparece el sexo masculino, duro como piedra, sudado, resbaloso. Cony lo toma con una mano. Lo aprieta fuerte, lo inspecciona y después se inclina para lamerlo. Pedro está extasiado, no sabe muy bien si la naturalidad de la chica es experiencia o justamente lo contrario, pero delira al sentir esa saliva que lo recorre, esa lengua suave y tibia que lo envuelve. La respiración de la niña le recuerda una pequeña locomotora, con un ritmo acelerado que la obliga a detenerse por instantes para recuperar el aire. Pedro levanta un poco la cabeza para observar. El paisaje lo enloquece. Ver esa cara angelical arrodillada y lamiéndolo es más de lo que puede soportar y por lo tanto retira con cuidado a la compañera y la extiende sobre la cama. Ahora es él quien está encima. La contempla por unos instantes. Las ligas negras, el portaligas azul, los calzones blancos y pequeños y esa boca que continúa latiendo al mismo ritmo de las caderas. Se da todo el tiempo del mundo para terminar de desnudarla. Poco a poco la piel femenina comienza a aparecer ahí donde las pocas telas aún las cubrían. Finalmente, sólo queda la piel falsa y blanca que apenas cubre el pubis. El hombre se detiene en los bordes, recorre los elásticos, introduce dedos cautos por entre los pliegues para sentir la textura hirsuta y húmeda aún oculta. Le gusta sentir la desesperación de la niña, ese jadeo incesante que lo hipnotiza, pero ella no quiere más ese juego y con manos enervadas se baja los calzones hasta dejarlos a la altura de las rodillas. Pedro mira desconcertado la hermosura de ese tajo abierto que se mece. La chica parece haberse depilado ese mismo día pues sus pelos apenas dibujan un triángulo mínimo sobre los labios. El hombre termina de arrancar el calzón y abre con cuidado las piernas de la chica. Su boca se pierde en ese aroma embriagador y sostiene a la mujer por las caderas mientras ella da brincos y gemidos. Pedro sabe que la niña no va a poder soportar mucho rato su lengua que recorre silenciosa y concentrada el clítoris diminuto y se acomoda para penetrarla. “Ahora vamos a saber la verdad”, se dice el hombre a si mismo, mientras se introduce despacio en el cuerpo de la chica. Los ojos de ella parecen extraviados, permanecen abiertos pero sin expresión, como si algo les hubiera robado el alma.

Pedro la penetra en un compás suave y la chiquilla maúlla a ratos con un sonido agudo y enterrado. Parece estar ahogada, como si no pudiera respirar. Pedro está sorprendido por la pasividad con la que se entrega. Siente que cayó en una trampa, que lo prometido por ese cuerpo no es ni la mitad de lo que está recibiendo, y por lo tanto aumenta el ritmo de las embestidas para hacerla reaccionar. La chica gime más fuerte y se abraza a las caderas del hombre. Sube las piernas a la altura del pecho y se deja llevar por el ritmo nuevo, mientras miles de jugos caen por debajo de su cuerpo hacia el cubrecamas rosado.

La niña hace un gesto y Pedro se da cuenta de que quiere subirse sobre él. Ésta es una técnica difícil, piensa mientras trata de acomodarse para dar la vuelta sin salir, pero a la niña no le importa eso, mueve las caderas con brusquedad y Pedro completo se siente expulsado del otro cuerpo. Con agresividad empuja al hombre sobre la cama y se monta en cuclillas sobre él, toma con la mano el pene y se lo introduce sin ceremonias. A los pocos segundos Pedro se arrepiente de todos sus malos pensamientos, mientras sus manos se llenan de unas nalgas furiosas y húmedas. El hombre observa a la niña como a una película. Como un espectador. Todos sus movimientos son perfectos, cada arremetida, cada suspiro, cada grito entrecortado que la preparan para el impulso final. Cony acaba sin demasiado estruendo, es como un maullido largo y adolorido de alivio. Pedro la mira, también desfallecido, y ve como por las mejillas de la quinceañera corren despacio unas lágrimas.

.... Son las nueve, por la puta, me quedé dormido. Pedro mira el reloj entre sueños y trata de recordar donde está. Lo cubre a medias el cubrecamas de una habitación infantil y a su lado está la famosa niñita que se tiró la noche anterior. Ella duerme, desnuda, y Pedro trata de incorporarse sin despertarla. Se pone la ropa apurado y sigue mirando la hora con desesperación. La chica se incorpora un poco en la cama y abre los ojos con problemas. Mmmm... Hola, ¿Como estai? La niña confunde el saludo con un bostezo aletargado y Pedro la contempla con asombro. Así, de día y ya sin pintura parece mucho más chica y le da un poco de vergüenza estar ahí, haber dormido con ella, que la colegiala lo mire con tanta ternura, que no se cubra los pechos, que se pare completamente desnuda y lo abrace. Esto ya es mucho para mi, piensa el hombre, puta, como cresta me quedé dormido. No sabe como hacerlo para que la pobre adolescente no se sienta ofendida. No sabe como comportarse para hacerle entender que si está lejos, es porque siente que le hizo bastante daño por el momento. Pero la niña no percibe la incomodidad de Pedro y mientras se pone una bata le pregunta despacio y aún con voz de dormida ¿Quieres que te prepare desayuno? Pedro vuelve a mirar la hora y se da cuenta que a estas alturas ya da lo mismo, que es tardísmo y que ya no llegó no más para irse a la playa.

¿Que pasó con Esteban?

- Está durmiendo en la pieza de empleada con la Coca. No los dejé usar la cama de mis viejos, na’ que ver ¿No cierto? Para eso la hubiéramos usado nosotros.

- Bueno linda, tomemos desayunito, pero me tengo que ir luego.

- Claro, dice la niña, y abre la puerta por la que entra el sol de la mañana desde una ventana en el pasillo.

Pedro camina hacia donde la niña le indicó que estaba Esteban y golpea la puerta cerrada.

¡¡¡Paaaaseeee!!! Dice la voz del amigo desde adentro. Tras la puerta abierta hay una cama diminuta. Sobre ella Esteban en pelotas, apenas tapado por un resto de sábana vieja y gastada. A su lado Coca, dormida y acurrucada (o más bien atrapada) contra la pared le da la espalda a la puerta. Bajo la sábana Pedro adivina un cuerpo más maduro que el que amó durante esa noche. Esteban lo mira, le indica con la pera a la compañera dormida y después le hace un gesto clásico con las cejas. Pedro está de acuerdo, fue una locura lo de la noche anterior. La Cony va a hacer desayuno, ¿quieres? Esteban se estira un poco, se huele las axilas y mira el reloj que ha dejado en el suelo. Al ver la hora pone cara de lata. Puta, ya no llegamos a la casa del Gabriel pa’ la playa, ¿sabís donde queda la casa? Pedro le cierra un ojo al compañero y éste recuerda el antiguo rollo entre su amigo y la Rosario de Gabriel.

- Obvio, ¡qué idiota!, ya poh, entonces tomamos desayuno con nuestros amorcitos, nos vamos a tu casa que queda al lado, nos damos una duchita y a Algarrobo los boletos. Pedro asiente, sale de la pieza y junta la puerta.

En la mesa de comedor hay cuatro tasas y cuatro platos. Una panera y mermelada. Cony está en la cocina y desde ahí sale olor a pan tostado y huevos revueltos. Pedro piensa con cuantas mujeres preferiría estar tomando desayuno, pero bueno, no se puede negar que la cosa estuvo bien.

Cony sale de la cocina y le grita a Pedro. Tráeme el pan que está en el tostador. Desde la pieza de servicio aparece la cabeza de Coca.

- Cony, ¿tenís aspirinas?

- En el baño, en el botiquín, contesta la niña.

Coca se desplaza cubierta sólo por una sábana y Cony la mira con un poco de molestia. Pucha, yo no soy na’ de cartucha, pero no se po, una se guarda un poquito para su hombre ¿no?

Pedro de alguna manera está de acuerdo, pero eso le importa un carajo al lado del comentario de guardarse para “su hombre”. Osea, en teoría la pendejita tiene toda la razón, pero para empezar el pellejo de la famosa Coca está buenísimo y ojalá mostrara más y además, ¿quien cresta se cree esta mina de llamarlo su hombre?

- Bueno, a uno le pasa de imbecil no más, pero na’ po, algo habrá que hacer para que la niñita no se vaya a engrupir más de la cuenta, aunque eso sea renunciar pa’ siempre a ese traste tan rico.

Esteban aparece vestido y despeinado y se mete directamente al baño. Desde el interior se empiezan a escuchar risas y forcejeos falsos. La voz de Coca que reclama y dice no, pero después estalla en carcajadas. ¡Se va a enfriar esto grita Cony! y se sienta en la mesa. Pedro ya está sentado hace rato y hace hora para no empezar solo.

Al minuto o algo así aparecen de nuevo los dos bañistas. Esteban con el pelo mojado y tironeando la sábana de su compañera de cama, la que finalmente se cae. La chica hace un gesto de taparse los pechos, (los calzones los tiene puestos) y corre hacia la pieza muerta de la risa. Esteban se sienta en la mesa y toma un pan tostado. Pedro lo queda mirando con ojos de reproche y el amigo deja el pan en el plato. A los segundos aparece Coca, lleva encima una camisa de hombre y Pedro advierte que es la camisa de Esteban, quien se puso directamente el sweater. Esta minita ha visto mucha tele, piensa Pedro, pero igual se ve exquisita. Los comensales no hablan mucho, comen el pan en silencio y sólo de vez en cuando aparece la risa de Coca que juega con los pies descalzos de Esteban. Cuando terminan, Pedro insiste en que ellos van a lavar los platos. Esteban se hace el que acepta pero no se queda en la cocina ni un segundo. A Pedro le da lo mismo, sabe cuanto calza cada uno de sus amigos y... bueno... este es Esteban Hurtado y eso es algo inevitable.

¡Nos vemos! Grita Coca desde lejos.

- Claro, nosotros las llamamos. No, si de verdad no tenemos teléfono, no tenemos pasado ni historia... Esteban se va riendo a carcajadas mientras las niñas reclaman a desde la puerta y los hacen jurar que las van a llamar. Claro que las vamos a llamar, cualquier día de éstos.

En la radio del auto de Esteban suena una canción vieja de Charly.

“Un angel no tiene lugar, no tiene precio no... se puede comprar.... “ La voz en off es Jimmy Swagart explica Esteban, y Pedro quien por cierto lo sabe, se hace el tonto y asiente mientras corea la canción “hombres y ángeles que vas a hacer, ponerlo en la calle, casarte con él, por eso ... déjalo ir”.

Puta la hondita ¿no? ¿Te la alcanzaste a tirar al menos? Pregunta Esteban. Pedro lo mira, le hace un gesto de “evidente” y sigue coreando a Charly. Puta la yegua rica dice Esteban, te juro que ninguna mina grande culea como esta cabrita. Pedro repasa en la memoria el cuerpo de su adolescente y sabe que si bien, ese es lejos el cuerpo más terso y suave que recuerda, lo de la noche anterior no fue más que un ejercicio, un puro borrador de amor.

- No sé, la mía parece que era demasiado chica.

Esteban hace un amago de detener el auto y mira a Pedro con ojos de sorpresa fingida. ¿No me vas a decir que la mina era nueva?.

Pedro se ríe. - No, estás loco, no tan chica pos compadre, si tampoco es cosa de ser degenerado-. Oye cuidadito, reclama Esteban, que te aseguro que la Francisca mi hermana es más mayor y es virgen, la edad no tiene tanto que ver huevoncito.

- ¿A sí? Contesta Pedro sarcástico. Mira tu ahhh!!!.

- Oye compadre, cuidadito que la familia no es pa’ jugar, se defiende el amigo.

Pedro mira a Esteban y se pone serio.

¿Tú de verdad crees que tu hermana, o quien sea, no sé, las mías, sus amigas... son muy distintas a estas pendejas? Osea, trata de entenderme, no digo que sean así de liberaditas o no, de repente la Pancha sí es virgen, no es el tema, pero cuantas pendejitas bien te hay tirao voz mismo pos fresco, si de tipos como tú no se salva nadie. - O como “TU” Pedrito, que la tuya aullaría más despacio pero igual no más...

- Si, como yo también, pero puta, por último yo... no sé, yo me doy cuenta que está mal, cachai... bueno da lo mismo, no es el tema... de tipos como tú o como yo.

Si... ya Pedro, si.... tenís razón, pero .... si me entero que a la Pancha la va a buscar un tipo de más de 25 lo saco cagando yo mismo.

...Después del túnel que va a la playa el aire y la temperatura cobran dimensiones nuevas, no creís Pedro. Osea siempre me sorprende este cambio tan repentino, aunque cacho que la onda de la cordillera y los biombos climáticos, pero no sé, cada vez es una experiencia no cachar que cielo va a haber al salir...

Pedro no contesta, no está de ánimo y sube el volumen de la radio

“..... El se cansó de hacer canciones de protesta y se vendió a fiorucciiii, el se cansó de andar haciendo apuestas y se puso a estudiar... un día se cortará el pelo... no creo que pueda dejar de fumar... anda volado... hace un poco de paz... pero no le va malll... transabaaa, transabaaa”.

Los amigos tararean la canción como locos, y hasta Pedro parece haberse olvidado de la lata. De pronto se miran y se largan a reír. Esteban quita la mano del volante por un segundo y palmotea a Pedro.

- ¡Así es no más po’ amigo! ¡así es no más!.

....Sigue por aquí derecho, en la vuelta tenís que subir porque si seguís derecho es contra el tránsito.

- Puta Pedro, si una cosa es que no sepa donde está la casa y otra que sea un perdío en Algarrobo.

- Ya acá para, para, estacionate aquí.

Estacionan el auto en la entrada de una casa grande y color rojo colonial, con reja de madera blanca.

- Puta que hacía tiempo desde que no venía a la casa de la Rosario, dice Pedro, desde hace... a ver... unos tres años deben ser.

Adentro se ven dos autos y en la terraza el grupo está haciendo un asado.

Pedro mira la hora. Las doce y media. Igual bien de hora le dice Esteban, nos ahorramos toda la funcia de ir a comprar y hacer el carbón y la lata y ahora ponemos educadamente nuestra cuota y shao.... Pedro encoge los hombros y sonríe.

Desde lejos avanza un hombre con una mujer agarrada de su cintura. ¡Cómo está usted Rosarito!, grita Esteban desde lejos. La mujer se acomoda el pelo largo y castaño claro y abraza a Esteban. Bien, lo más bien. La mujer saluda con otro abrazo a Pedro, luego ambos palmotean y abrazan al amigo.

- Puta Gabrielito, sorry por la hora, cachamos que nos estuvieron llamando a la casa, pero... la noche estuvo agitaaada...

Gabriel se ríe y comenta algo sobre la no maduración de Esteban.

Y usted compadre, ¿de cacería con este viejo zorro?. Pedro se ríe y responde cualquier trivialidad. Ya pos, pasemos pa’ adentro dice Rosario y comienza a caminar hacia el grupo.

Todos abrazan a los recién llegados. Jorge y la Maca se paran de la mecedora. El joaco se acerca despacio y agarra por detrás a Pedro en una llave de quien sabe que invento de arte marcial y le estira una cerveza en lata. ¿Oye, y Martín?

Ante la pregunta, todos los presentes se miran sonriendo.

- Nooooo, es que no puede ser que no sepan nada, comenta la Maca ansiosa.

- A ver, A ver, ¿qué pasa algo nuevo en el grupito? Chilla Estaban

- Siiiiii, dice la Rosario con un poco de risa, tenemos “amiga nueva”.

Pero... hey, hey, hey... vamos por parte, dice Pedro, ¿me van a decir que Martín nos está honrando con presentarnos a alguna de sus historias? El tono de sorpresa de Pedro no es fingido ni irónico, al contrario. Es cierto que todos los del grupo dejan pasar un rato largo antes de ingresar a alguna pareja al circulo, pero en el caso de Martín eso era un verdadero culto. Jamás presentaba a sus parejas, ellos a veces las conocían porque se encontraban por ahí, o porque la de turno era amiga de una amiga de un amigo, pero el que viniera a la playa, a una jornada oficial del grupo con alguien era algo insólito. Pero bueno, ¿donde está? como se llama, ¿qué hace? Esteban delira de la curiosidad y hace las preguntas a gritos.

En ese preciso instante aparece el auto de Martín por el portón y una chica delgada y con una solera corta se baja a abrir.

- Ella es Ana, dice la Magda, que se acaba de incorporar al grupo hace unos segundos.

Pedro y Esteban se miran con una sonrisa cómplice y avanzan a recibir a Martín.

... “Todo termina al fin/ nada puede escapar/ todo tiene un final, todo termina/ tengo que comprender/ no es eterna la vida/ el llanto en la risa/ allí termina/ creía que el amor/ no tenía medida/ o dejas de querer/ Tal vez otra mujer./ Y olvidé aquello que una vez pensaba/ que nunca acabaría/ nunca acabaría/ y sin embargo terminó/ todo me recuerda que al final de cuentas/ empiezo cada día/ termino cada día/ creyendo en mañana fracaso hoy/ cuanta verdad, hay en vivir/ solamente, solamente, el momento en que estás/ en sí el presente/ el presente y nada más...”

Pedro estalla en un aplauso que el resto corea a gritos.

- Puta concahatumadre, nunca en la vida habíamos sabido que canatarai. Erís un descarado.

Martín le devuelve la guitarra a Jorge y abraza a Ana despacio.

- Nada, canto a veces, en mi casa, para relajarme, pero...

La Magda se acerca a Martín y le acaricia la cabeza, Pucha amigo, no sé, me emocioné la tonta, ya, no me hagan caso, estuvo preciosa, canta más ¿ya?. Ana mira a Martín con dulzura y Martín vuelve a sonreír con las cuerdas entre los dedos.

- Este Martín es un caso, le susurra Esteban a Pedro en el oído. Osea, es otro con esta mina. Una cosa es que empiece a presentar a sus mujeres pero, cachai, el huevón es otra persona.

... Estudié teatro afuera, y acá estoy trabajando en cualquier cosa en realidad. Llegué hace dos meses así que por ahora tratando más bien de adaptarme. La voz de Ana es calma. No lenta o grave, simplemente tranquila y desde muy atrás se le percibe el rastro de algún acento impreciso que trata de ocultar lo más posible.

Me sacó una fotos para la Revista, unas pruebas de cámara y nos quedamos conversando después. Una historia de siempre ¿no?

Los amigos se miran y por supuesto que en Martín esa no es una historia de siempre. Ana se mueve y hace un gesto de frío. Pedro se apura en sacarse la chaqueta de tweed y se la pasa.

- Gracias. ¿Cómo era tu nombre?

- Pedro, Pedro Ovalle.

....... “Epifánico silencio, a la hora del amar/ tus ensueños ya se hicieron a la mar/ un extracto del perfume... del dolor/ tus muñecas boca arriba y hacia el sol/ tus regalos... deberían de llegar... No es mucho lo que tengo para darte, mirá... y no sabes, si detenerte o llover, y para, todo el mundo a tus pies...”

Mientras canta, a Pedro le cuesta no mirar demasiado a Ana. La mujer lo mira a él concentrada y de pronto le sonríe. Pedro mira a Martín y le sonríe a él y continúa cantándole al amigo. Cuando termina, y después de los aplausos de rigor Pedro se acerca a Martín y lo abraza.

- ¿Te acordai? Martín lo mira de vuelta con ternura.

- Por su puesto, como no me voy a acordar.

Los amigos se han parado y están conversando a un lado. Ana se les acerca despacio, no la sienten hasta que aparece por detrás de Martín y lo abraza por la espalda.

- Pucha, es super raro esto.

- ¿Qué es tan raro? Pregunta Martín.

- Todo, el que no conozca casi ninguna canción, que me gusten pero que sean tan nuevas para mi, pero más que eso es el darme cuenta que hay tantas cosas que los unen a ustedes y que yo apenas intuyo. ¿Sabías Pedro que Martín nunca me había hablado de ti?

Martín sonríe incomodo.

- Es que no hay mucho que contar, te aseguro. Pedro trata de relajar el ambiente porque intuye que el reproche de Ana no es un juego.

- No, no me refiero a eso Pedro, digo que tu pareces ser muy importante para Martín y me sorprende que no te haya mencionado.

Ana continúa abrazada a Martín mientras habla.

- Bueno, como te dije, Pedro Ovalle.

Pedro le estira la mano a Ana en un nuevo intento de relajo y Ana acepta.

- Ana Izquierdo, es un gusto Pedro.

... Como estai pos Matíiiin. Esteban se une al grupo de los fugados y arremete contra la cabeza de Martín quien le devuelve el gesto. Yo Bien, y ustedes dos, ¿donde se habían metido toda la noche? Los llamamos hasta a la casa de tus viejos, hablamos con la Pancha. Queee!!!, vos soy tonto, ¿a que hora llamaron? Como a las doce, estaba despierta, no te preocupes. Pero ustedes son.... son ... ya, puta, mala cueva .... Martín se ríe. ¿Pero que tiene? Es tu hermana ¿no? Claro que es mi hermana, pero a mis viejos les dije que no podía ir a verlos anoche porque me venía a la playa con el grupo de pelotas. Oye Esteban, ¿hace cuanto tiempo que no vivís con tus viejos y te seguís enrollando? No puede ser. Martín mira a Esteban y se empieza a reír. Es talla, como se te ocurre que íbamos a llamar a tus viejos a las doce de la noche. Esteban está desconcertado, esta veta humorística es totalmente nueva en Martín, pero opta por quedarse callado y dar un puñetazo amistoso en el hombro del amigo. Puta que me asustaste, si sé que tengo rollos con mis viejos, que onda, por eso mismo.

Así que esta es la famosa Ana. Esteban mira fijo a la mujer.

- Esteban Pérez, para servirla.

- Puta que erís pendejo, dice Pedro.

Ana no entiende y mira con ojos de extrañeza. Ha notado que los amigos suelen reprocharle cosas a este Esteban pero esta vez no ve motivos.

- Nada, dice Martín que interpreta perfectamente el gesto de extrañeza de su pareja, este idiota se llama Esteban Hurtado, pero en este paisito en el que vivimos llamarse Pérez es como un pecado social, y por eso él lo dice como una broma.

Ana entiende un poco más, pero la broma le parece extrañísima. Esteban se ríe y pide disculpas.

- No estoy acostumbrado a tratar con gente tan civilizada, perdón.

- ¿No has cantado nada Esteban? ¿Qué te pasa?

La Magda se ha acercado al nuevo grupo, que va cobrando ya algún volumen.

- No, nada, no sé, no ando de ánimo.

- ¿Y ustedes dos donde andaban anoche? La Magda se dirige a los dos amigos con cara de reproche.

- Si, dice Martín, ese era el tema ¿no?

- En ninguna parte, nos acostamos temprano contesta Esteban.

- No, si eso te lo podría jurar, el tema es “donde” se habrán acostado, replica la Magda con un tono de decidido reproche.

- ¿A ustedes dos no les preocupa el SIDA?

- Eso sería si fuéramos unos huevones irresponsables, pero como no es el caso.

- Si mijito, pero los condones se rompen, los fluidos se desplazan y....

- Puta, parece que tu fuerai el médico Magda y no yo, osea, sabís cuales son las posibilidades de contagiarse el SIDA usando bien el condón. Te aseguro que menos que las de que te lo contagie tu señora o marido que se fue de juerga y no te dijo. Imagínate, si uno no confiara en el condón tendría que amarrarsela a un poste no más.

Esteban se ríe de su propia broma, mientras Magdalena lo mira de reojo como diciendo... no hay caso.

- Y tu Pedro, ¿a ti también te gustan las de colegio?

Pedro se siente avergonzado, había logrado sacarse por un rato la imagen de la niñita con la que había pasado la noche anterior, pero al mirar a la Magda todo se le viene encima. Como se va a poder comparar una mujer como la Magda, por ejemplo, a una cabra chica como la Cony. Es que pareciera que ni siquiera tienen en común el genero, nada.

- Bueno flaca, tu sabís, cuando no llueve hay que esperar lo que gotee no más.

La Magda mira a Pedro con ojos tristes.

- Así será entonces Pedrito, así será.

Ana ha seguido la conversación concentrada. Devorando los diálogos.

- ¿No será que les da un poco de miedo enfrentar a mujeres más grandes? La pregunta le rebota a los amigos como una bofetada. No es que tenga nada de original, tal vez al contrario, pero la manera de decir las cosas de la pareja de Martín es difícil de eludir. Además, nadie le dio vela en este entierro, pero cómo le van a decir eso, si la mina parece que te penetrara con los ojos hasta los huesos. Pedro le da la espalda a Esteban y se dirige a Ana.

- Bueno, creo que esa manera de verlo no es nueva, seguro que algo de eso hay, pero en realidad creo que el tema de fondo no es si nos metemos con una niñita de 16 o con una mujer de 30, no sé, creo que va más por otro lado.

- ¿Por cual? Pregunta Ana como de paso.

- Chucha, por el rollo de comprometerse, de entregarse, esas cosas tontas que nos caracterizan ¿no?.

Ana lo mira con dulzura.

- A mi me pasan cosas parecidas, creo que eso si lo entiendo.

“Si estás entre volver y no volver... si ya metiste demasiado en tu nariz... si estás como... cegado de poder..... tira tu cable atierra... y aquí estoy, acerándome hasta vos... bajo la luna... bajo la luna... “

La Magda cambia de cara. Mira a Esteban con ojos de antes. Él está abrazado a Pedro y a Martín y los tres comienzan a corear la canción. Desde el otro grupo, Jorge, con la guitarra en la mano se acerca pulsando los acordes.

“ .... No dificultes la llegada del amor, no hables de más, escucha el corazón/ ese es el cable a tierra... ”

La Magda y la Maca están juntas mirando a los hombres.

- Que ganas de sacarles una foto y dejarlos así para siempre ¿no?

Si, demás, contesta Macarena.

Capítulo III

III

El nombre de cada cosa es el último vestigio y la última frontera. Una mano que se nombra detrás del ser mano, un instante restregado de los ojos que avanza hacia mí como rastrillo incandescente.

¡Me he perdido tantas veces! Tantas. Me cuesta recordar las sílabas ahora que me hacen falta. Una mujer es un ser creado, un hombre es un ser creado. La distancia encierra respuestas, pero mi cabeza está a punto de estallar, mientras trato de practicar la sonrisa de la que me hablaran.

Nada se ha perdido y las aguas claras, desde las que me han enviado, no podrían ser entendidas en este basural. Todo es posible y nada. Todo es posible y nada. Él lo sabía, lo pude ver en sus ojos cuando observaba las manos perfectas de otro ser perfecto.

No sería capaz de derramar una sola lágrima sobre el rostro de estos. Pero debo. Es parte del trato. No recuerdo las palabras. Ese rictus informe que les da confianza, esos ruidos sin armonía con los que se comunican.

Pero... desde este lugar no se ve todo tan mal. Tal vez pueda acostumbrarme sólo a mirarlos, como él y a no comprender por qué.

Capítulo II

II

Ana dice las cosas tan quieta que a veces es difícil distinguir si te está hablando o si sólo murmura conjuros o frases sueltas para ella. Mientras está recostada entre mis almohadones, por momentos creo que se ha ido a otro lugar, que sólo está conmigo una presencia física vacía y que la Ana que importa me ha dejado de nuevo solo. Pero desde ese abismo en el que cae, a ratos reaparece para soltar de la boca alguna frase y recordarme que con ella casi siempre me equivoco. ¿Quien es el Martín que está aquí junto a ella? No soy yo, de eso estoy seguro. No, ni siquiera de eso estoy seguro.

- Tengo los ojos azules de tanto mirar...

- Yo me tiento a preguntarle de qué está hablando, pero de alguna manera siempre termino por sentir que hacerlo es como confesar que a pesar de todo, no he conseguido acercarme nada a ella, que a pesar de este tiempo, aun me sigo quedando atrás en el silabario de entenderla.

Esta vez, trato de comprender sin preguntas, la miro despacio para no aturdirla. La miro desde mi rincón tratando de no violentar su espacio y de pronto siento que caí en su juego, que yo también me he convencido que sus ojos, por alguna razón, se han vuelto de un azul noche, de un azul de tarde entrada y sin estrellas y empiezo a preguntarme como lo habrá hecho. Pero claro, soy yo el que deliro, soy yo el que no tiene ni idea de como son de verdad sus ojos que cambian tan rápido que despistan las constantes.

- Una vez me pasó, pero ya no lo recordaba... dame una manzana, a ver si así me acuerdo.

Yo me paro y trato de no mirar más sus ojos que se han vuelto tan oscuros que podrían ser de cualquier color. Camino hasta la cocina aturdido, lavo con cuidado una manzana verde y la miro. ¿Por qué será que siempre me hace sentir como un idiota?

Los pasos que me separan de ese cuerpo echado sobre mi suelo son cortos y rápidos. Sé que voy a rozarla al extender mi mano-con-manzana-verde y me pongo contento de eso. - Con qué poco me conformo en estos ratos ¿no? -

¡Esta manzana es verde!, ¿No tienes una roja?

Muevo la cabeza con vergüenza, sorprendido en una falta enorme. Ana sonríe y me dice con un poco de pena que no importa, y yo, como una mascota tonta, agradezco para mis adentros esa sonrisa para seguir mirándola así, tan cerca, por un rato.

Me es inevitable comprobar lo dulce de sus contrastes. Aquí, tirada sobre el suelo, ovillada en los almohadones y tapada con toda clase de mantas y chalones, su cuerpo se me aparece con una inocencia extrema. Sus piernas que apenas se asoman, son sólo vestigio imprudente de otros episodios, otros tiempos en los que esas mismas piernas caminan por la calle o se estiran sobre la cama o se dibujan en mitad de un tiempo irreal en el que a veces soy capaz de encontrarla. Ana es eso, es casi un solo contraste - armado para desarmarme -, levantado de quien sabe qué mito, como una diosa inexistente o sólo casi existente, que a ratos es y luego, casi sin aviso, desaparece de todos los márgenes, de todos los ríos y se enrisca de tormentas pasadas o presentes sin que nada del agua la toque o la queme.

Ana de pronto sonríe con esa sonrisa vieja, tan suya. Se para del suelo y camina despacio, cruzando la habitación desnuda hasta el baño, única puerta de este lugar. Se levanta tropezando con todo, desprendiéndose de las colchas sin usar casi las manos, dando pequeñas patadas a los pedazos de abrigo que la cubren, con una agresividad que me encanta y me asusta.

Me cuesta creer que esta mujer tan poco previsible se preocupe tanto de su ropa. Está muy abrigada - siempre que viene a mi casa siento que se ha preparado para un viaje al ártico - pero su pollera es cortísima y por abajo, cubiertas de esas medias de lana gruesas y grises, asoman íntegras sus piernas flacas y perfectas. Se toma el pelo con un gesto aprendido de memoria y me regala una vista deliciosa de su cuello. Está tan lejos. Mi presencia parece haberse esfumado y camina sin prisa acomodando desde metros antes la ropas, para sentarse en mi baño. Cuando estamos solos, nunca cierra la puerta para hacer pipí. Es una costumbre que al principio me incomodaba pero de la que con el tiempo he terminado por enamorarme. Se sube las polleras, se baja las medias y los calzones mientras toma el rollo de papel y va enrollándolo, jugando con él en la palma, haciendo un pequeño rollo y contemplándolo. Desde lejos, la miro tratando de no invadirla, pero sé que en eso nunca la invado, que lo hace porque sabe que me encanta. Siento el sonido nítido del chorro cayendo sobre el agua y veo su cara que poco a poco se vuelve alivio, y espera y dulzura. Se limpia con cuidado y yo muero sólo por verla un poquito, por saber que está compartiendo conmigo una parte de su intimidad y me pierdo en los movimientos suaves de su cuerpo y de sus manos que acomodan telas y tiran cadenas y abren llaves y jabón y lavar las manos y secarlas despacio y acomodar mejor la falda y el sweater y mirarme.

Ana me mira desde la puerta, y creo que está menos lejos por un instante. Me sonríe y yo devuelvo su sonrisa como en un intento. Avanza hacia mí sin pudores tontos y vuelve a sonreír y acaricia mi cabeza con brusquedad y se me inclina detrás y abraza mi espalda. Me tapa los ojos con esos dedos largos y suaves con aroma a canela. Yo tomo sus manos rogando que no se vaya, que esta aproximación tan liviana no sea una despedida y entonces ella inclina su boca junto a mi oído y dice despacito - hazme el amor, me va a hacer bien.

Yo con sus manos entre la mías trato de entenderla mientras beso esos dedos como si fuera la primera vez (de alguna manera sabiendo que es la primera vez). Con cuidado busco sus labios delgados y húmedos y reconozco el sabor de su saliva sin tener demasiado claro el tiempo que ha pasado desde nuestro último beso. Despacio la estiro sobre la alfombra para reconocer en su cuerpo caminos recorridos, orillas sobre las cuales deambular, montes ya escalados. Pero no, con Ana todo es nuevo, y sus dedos crispados y tensos me hablan de días que no han existido, de otras manos que han pasado al galope por esos parajes ciertos y mientras la desvisto tengo ganas de llorar. Me emociona tanto su cuerpo que casi me impide amarla. Su cuerpo es como una llave por la que se llega a todos los rincones, su cuerpo constante y tenso, va buscando huecos en el mío para recomenzar desde algún punto sin saber el camino de vuelta. Me lleno de vértigo entre sus caderas y sus piernas y sus pechos.

Ana está sobre mi - desnuda - y su rostro me habla de lo que le ocurre por dentro. Sólo así es mía pienso rápido, y una voz - que tal vez viene de ella - me corrige. Ni aun así soy tuya.

Estoy perdido dentro de su cuerpo y mientras sus labios murmuran quejidos casi imperceptibles, sé que estoy en un punto en el que ella ya no va a parar, y casi me tiento a soltarla, a privarla de lo que viene, sólo para sentir algún poder sobre ella, pero claro, no soy capaz, porque esa felicidad abstracta desde sus labios es un bálsamo que me cura. Me quedo quieto para que ella reconozca su acción, la observo despacio, sus caderas se mueven como en una danza y al mismo tiempo su boca se abre y se humedece, se va de la realidad, me deja casi en silencio. Sus dedos toman mi cara, se flecta entera y me besa con agresividad. Puedo sentir que el puerto está cerca y la miro a los ojos mientras ella decae en un suspiro apagado.

Nos quedamos abrazados por un rato largo, Ana ha arrastrado de nuevo los chales y las mantas, se queda quieta y me mira despacio.

Por un segundo me fijo en sus ojos, negros y brillantes y por fin entiendo. Aunque ya sea un poco tarde, mi cabeza logra recomponer los mapas. Pero ya no sirve, los labios de Ana han pronunciado las palabras mágicas. No hace falta, ando en auto me dice, mientras viste despacio.

Capítulo I


“Sorrow is knowledge: they who know the most must mourn the deepest o’er the fatal truth, the Tree of Knowledge is not that the Life”.
Lord Byron.

I
Nunca se trató de eso y el viejo lo sabía. Por eso, detrás de su risa de enfermo, se dibuja una lucidez harto más terrible. Cada día, a la misma hora, se sitúa en el mismo lugar, esperando a los incautos, a los incrédulos, para comenzar con esa cantinela añeja que nos tiene hartos. Pero el viejo sabe bien que ésa es sólo una pequeña preparación, un bosquejo borroso de lo que vendrá después.

El cigarrillo que ha teñido su bigote y sus manos para siempre, es también una excusa. Es bueno tener la boca ocupada en otras cosas, había dicho la voz y él había comprendido.

“Debajo de las rodillas está el suelo que pisamos cada día. Pero vosotros, los hombres, no os percatáis de las rejas que os cubren de pies a cabeza, sino hasta que ya es demasiado tarde”.

El viejo lo había escuchado mil veces y por eso estaba siempre alerta. Por eso trataba de no alejarse demasiado de las huellas de sus pies o de la muralla gris del templo.

El camino hacia lo que espera está teñido con la sangre de otros muchos de mi raza y las orillas están cubiertas y ajadas, pero aún las conservo. Nunca se sabe cuando volverán y hay que estar preparado, piensa el viejo, mientras el cigarrillo tiñe su bigote y sus manos sin prisa.

Siempre hay tiempo. Aún cuando no hay esperanzas, esta hora es como la próxima, todo se nos devolverá cuando estallemos en el delirio de comenzar a comprender.

¡El pavimento ha cambiado tantas veces! ¿Es que no hay descanso para los viejos?

Un ruido sordo que se repite es la señal. Uno y otro. Uno y otro. Sé que están cerca, los puedo oler.

El viejo loco levanta la nariz como espiando un viento que se ha ido repletando de partículas en suspenso y en ese hedor a humo, también es capaz de reconocer mensajes y símbolos. Nada puede ocurrir aún, ¡la voz no lo ha dicho!

Dejad de existir por un segundo y podréis renacer desde la escoria de los metales calcinados. Dejad que ellos hablen por mi lengua que es como un trapo en que se ha secado el sudor todos, en cada visita, en cada viaje. Cuando vienen, las voces se clavan aquí.

El viejo se toca la punta de la lengua con unas garras negras y arrugadas y luego sonríe.

Nada de vosotros es carne del cielo, pero mirad mi lengua que se enrosca devorada por víboras hoy y ayer y antes. Mirad mis ojos, crisálidos, moribundos, que no dan tregua, miradme, en fin, aquí me tenéis y soy el que no tiene nombre. ¡Queréis más señales!

El viejo sabe que no se trata de eso, que nunca se ha tratado de eso, pero es necesario ganar tiempo...

Pero no hay posibilidad de renunciar, éste es mi sacrificio, mi cruz sobre los hombros, mi corona de espinas; las alas rasgadas que dejaron al caer. ¡Saberlo o no!, ¡decirlo o no!.. que más da... Ya he jugado demasiados juegos, las reglas no me preocupan.

No, no hay tiempo para preguntas o para dudas. Están tan cerca que hasta puedo olerlos, a pesar de este olor a nicotina que me enferma.

El pobre viejo loco se restriega las manos e indica un punto impreciso en la palma agrietada. Aquí, antes, otros pusieron el cetro y lo olvidaron, pero volverán y esa será mi hora. Los veré avanzar y dormiré tres días. Aquí está el cetro, les diré, lo he guardado bien. Podéis dejarme dormir ahora, que ya es tiempo.

La última noche será mi noche y los que se burlaron de mis bigotes teñidos de nicotina se inclinaran para besar mi traje. Soy la voz que habla a quienes ya no escuchan, mi mérito es mayor porque lo he sabido siempre. Soy el que siembra en la tierra estéril para que otros, en otro lugar, acopien las mieses tiernas que crecen en tierras altas.

El pobre viejo loco contempla las sombras y busca con la cabeza erguida la llegada de los mensajeros.

Son ellos y son todos, no hay más respuestas. No me dejéis vagar sin rumbo cuando sabéis también que él está en vosotros, que él ha caminado por las colinas sin tocar el pasto para que los demás alimenten las reces y se colmen del barro carnoso en el que crecen las briznas verdes.

Oid lo que os digo, creaturas, sois como Él os ha creado y sois perfectos, Oidme, no hay lugar para lágrimas. Lo he comprendido tan tarde, pero sois vosotros mismos los mensajeros. Los que son y han sido desde el principio.